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Los candidatos de 'Operación Triunfo' aprenden ahora a ser conscientes de que serán estrellas con sesiones psicológicas que les preparan para regresar a un mundo que va más allá de la canción.
Un partido de fútbol de benjamines, chavales de 9 y 10 años, este fin de semana. Antes de empezar a calentar, todos los pequeños futbolistas discuten. Pero no hablan de la táctica, ni se pelean sobre el Barça o el Madrid.
--"A mí me gusta Verónica", abre uno el fuego.
--"A mí, Chenoa", replica otro.
--"Prefiero a Natalia", según un tercero. Los otros le miran con desprecio: "¡Que Natalia ya no está!"
--"Ya lo sé, pero me gustaba más".
Y así, en cualquier campo de fútbol, patio de colegio, comedor de instituto, bar de la esquina, oficina de funcionarios, redacción de periódico o cuartel de bomberos.
Mientras tanto, en un polígono industrial barcelonés, lejos de las conversaciones sobre ellos, aislados de las vertiginosas cifras que indican su éxito, tanto en la televisión como en el mercado discográfico, a los candidatos de Operación Triunfo sólo les preocupa una cosa: llegar a la gran gala final del 11 de febrero, penúltimo escalón en la innovadora carrera hacia el Festival de la Canción de Eurovisión.
Tras casi tres meses de encierro, con salidas a cuentagotas al mundo exterior, los 10 supervivientes , de los que esta noche caerá el barcelonés Àlex o el tinerfeño Naim, se han acostumbrado a verse observados casi todo el día por 34 cámaras, muchas de ellas robotizadas, y prácticamente todas ocultas tras cortinas, espejos o cristales.
Es más, dentro de la academia, que brilla por su pulcritud, su diseño austero y amplio a la vez --con espacios grandes y fríos, pero también con rincones más cálidos--, casi nada delata que 200 personas gestan allí cada día el gran éxito de la temporada televisiva. A diferencia de sus antecesores de Gran hermano , los jóvenes de Operación Triunfo están demasiado ocupados como para pensar en las cámaras.
Además, sin tener acceso directo a las noticias sobre su triunfo real --de los periódicos que les dejan cada día se recortan los artículos sobre ellos--, su concentración se mantiene en las clases de voz y baile y en la preparación de la gala. Así, hacia las nueve de la noche, David Bisbal se frota unos ojos que reflejan un profundo cansancio, mientras que Chenoa se relaja tras bailar como Donna Summer. El día comenzó a las ocho de la mañana, sin apenas descanso, y con el problema añadido de que a los chicos y chicas les cuesta irse a dormir temprano.
Pero, ¿cansados de estar encerrados en la academia virtual? "En absoluto. Por Navidad fueron unos días a sus casas y al regreso todos dijeron que estaban deseando volver aquí --cuenta uno de los responsables del programa--. Es que aquí lo tienen todo, les cuidamos mucho".
El largo encierro, sin embargo, es uno de los temas que más preocupa. Aunque saben algo de lo que está cociéndose en el exterior --ya salieron para firmar autógrafos--, su deseo de cantar les hace difícil mirar más allá del búnker de la academia. Si quieren, pueden ver el Telediario de La 2, a las diez de la noche, y hojear la prensa. "Pero claro, apenas tenemos tiempo para ello", confiesan.
Precisamente por eso, se intensifican estas últimas semanas las clases prácticas y psicológicas que deben prepararles para regresar a un mundo que va más allá de la canción y donde, de repente, serán estrellas. Pero de eso aún no quieren ser conscientes. "Podría haber sido futbolista, pero hago esto porque cantar me va, me gusta, me encanta", dice David Bustamante, un cántabro de 19 años y todo por descubrir.
EL PERIÓDICO 14.01.02
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