 |


Todo héroe se aburre al final de su carrera.
El que no ve no conoce el aburrimiento. Solemos medir el tiempo por la conducta que los objetos observan, los cuales rara vez cambian con la rapidez que deseamos. En cambio, el ciego mide el tiempo por la sucesión de las representaciones, y como el alma crea sin cesar, no puede surgir la conciencia de la uniformidad.
Nadie tan interesante de conocer como los santos, los malvados y los locos. Son los únicos cuya conversación puede valer algo. Las personas de buen sentido son forzosamente nulas, ya que cantan la eterna antífona de la vida fastidiosa. Son la muchedumbre que aburre.
Aunque los que no saben soñar sean más propensos al aburrimiento, la antítesis del aburrimiento no es el sueño, sino la pasión y la resolución de problemas inmediatos y concretos.
Nada es tan insoportable para el hombre como estar en pleno reposo, sin quehaceres, sin distracciones, sin aplicación, sin pasiones. Le domina entonces una sensación de vacío, de impotencia, y cae en la melancolía y el aburrimiento.
Por lo general nos aburren aquellas gentes con las que no nos está permitido aburrirnos.
Si todos los días fueran fiestas deportivas, entonces el deporte sería tan aburrido como el trabajo.
Desconfía del hombre que verdaderamente se aburre: el aburrimiento es el enemigo del amor, el polo extremo de toda afición activa. Ni aun el animal se aburre: sólo se aburre el hombre necio.
Sé bueno y te aburrirás.
Y para esto, para gozar de este aburrimiento precursor de nuevos y extraños estados de conciencia, no salgan al campo con escopeta y perros, pues es cosa probada que el que necesita de la caza para ir de campo es porque el campo mismo no le gusta, diga él lo que quiera. El que de veras ama la naturaleza, no ve las perdices en ella.
|