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 Josep Simó, padre de Marisa, era químico, enólogo, violinista y pianista. Avisó a Marisa que contactaría con ella si hubiera alguna cosa después de la muerte.
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La prueba
Después de algunos sucesos tan misteriosos como inexplicables, Marisa le exigió a su padre una prueba indiscutible de su pervivencia tras la muerte. Marisa acababa de rellenar -por primera vez en su vida y guiándose por la intuición- la quiniela hípica de una carrera que iba a celebrarse al día siguiente, domingo, y le propuso a su padre que le permitiera ganar 110.000 ptas, que era la cantidad exacta a la que ascendía una deuda pendiente. Para que no existieran dudas, y como testimonio del reto lanzado a su padre, hizo partícipe de la historia a una psiquiatra amiga suya.
Al día siguiente, las dos amigas se reunieron frente al televisor dispuestas a seguir la carrera, que era retransmitida en directo por Televisión Española. Marisa acertó en el ganador de la primera carrera. Y también en el ganador de la segunda, la tercera, la cuarta y la quinta. La excitación de las dos amigas era extraordinaria. Sólo faltaba la última carrera. Pero, en esta ocasión, el caballo por el que Marisa había apostado quedó en segundo lugar, a unos centímetros del ganador.
Marisa se conformó; pensó que, al menos, iba a percibir alguna pequeña cantidad. Súbitamente, la amiga llegó corriendo a su encuentro para darle una sorprendente noticia: acababan de anunciar que el resultado de la última prueba había sido invalidado provisionalmente en espera de un veredicto definitivo, ya que existían dudas razonables sobre quién había sido el vencedor final.
Finalmente, los jueces fallaron de nuevo: el caballo de Marisa había resultado vencedor in extremis. Y el premio de la quiniela equina ascendía justamente a 110.000 ptas, ni una más ni una menos. Como comenta Marisa: "Mi padre siempre ha sido un rácano, nunca ha soltado una peseta de más".
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