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Todo salía como esperaba, había superado el primer cásting. Tenía nuevamente una cita con Gran Hermano. Había pasado un mes, pero el hotel seguía siendo igual de cutre.
Esta vez tenía que llevar conmigo una redacción sobre mi vida laboral, familiar y sentimental, acompañada de una breve referencia explicando "por qué quiero entrar en Gran Hermano".
Nuevamente firmé el documento mediante el que cedía todos los derechos de las imágenes que tomaran de mí durante el cásting. En el vestíbulo del hotel nos advirtieron que si hablábamos sobre el cásting con la prensa, seríamos descalificados. Nadie imaginaba que yo iba equipado nuevamente con mi cámara, mi única compañera en esta singular aventura.
Volví a subir a una habitación del hotel. Marta, la psicóloga, me esperaba junto al cámara. Como la habitación era tan pequeña, decidieron quitar la cama y apoyarla en la pared para que tuviera más libertad de movimiento.
¡La cosa empezaba a caldearse! La psicóloga empezó a atacarme verbalmente buscando mi reacción, se metía con mi vida, con mi forma de pensar y mi forma de vestir. No tenía ningún reparo en faltarme el respeto o empezar ha hablar con el cámara mientras yo les explicaba cosas sobre mi vida. Estaba claro que buscaban mi reacción ante situaciones tensas.
Marta seguía igual, no me prestaba atención, pero yo seguía hablando, no tenía que ponerme nervioso, mi objetivo era poder llegar al tercer cásting. Finalmente me despedí nuevamente del equipo y salí confiado.
Mientras me iba del hotel hice algunas fotos, me sorprendió comprobar que mucha gente se había hundido durante el cásting, habían bastantes chicas llorando en el lavabo. Aquí os dejo con otra sesión de fotos.
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