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El cambio de las dos actrices ¿ha modificado en algo los personajes?
Sí, los han cambiado. Cuando un actor coge un personaje, si es listo y se lo hace realmente suyo, llegas a pensar que ese personaje sólo lo podía hacer ese actor. Y eso es lo más curioso. Tanto Mònica como Teresa, en el teatro, consiguieron que Begoña y Susana fueran completamente creíbles. Clara y Ágata, que las han encarnado en el cine, siendo muy distintas han logrado que también sean estupendas y verosímiles. ¿Cuál es la diferencia? Ellas mismas, creo.
¿Cómo ha vivido el trabajo de ser actor y director a la vez?
Es un ejercicio de esquizofrenia que te hace volver loco. Aunque me he sentido más cómodo de lo que me podía imaginar. Cuarenta y ocho horas antes de empezar el rodaje estaba en mi casa pensando "¡Dios mío, dónde te has metido! Llegarás allí el lunes y habrá sesenta personas pendientes de ti... ¿Qué hacemos ahora, cómo lo hacemos, dónde ponemos la cámara? Y todos pensarán que estás como una cabra". Pero después, y en esto el equipo fue fundamental gracias a que colaboraron completamente aportando cosas a la película, todo fue mucho más natural y más orgánico de lo que me podía imaginar. Al menos así lo he sentido. Sinceramente me he encontrado muy bien, lo he disfrutado que ya es mucho.
¿Piensa que ¡Excusas! es una historia generacional?
No sé si es generacional. No me gusta generalizar demasiado: es un poco absurdo decir que a esta generación le pasa esto, y a aquella, lo otro. Pero es cierto que plantea problemas que aparecen en un momento determinado de la vida. A los 30 años es cuando las novias empiezan a pensar en tener hijos, los novios se asustan y las cosas se empiezan a hacer más serias, menos frívolas.
Si tuviera que definirla, ¿diría que es una comedia?
Sí, creo que sí. Una comedia triste. Es decir, una comedia para los espectadores y una tragedia para los personajes. La podemos definir como una comedia con una historia dramática.
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